Dos montañas, una devoción La Moreneta: Montserrat en España y Monserrate en Bogotá

  Por: Jorge TORRES


Como buen bogotano, subí el cerro de Monserrate de niño con mis padres. Fue, probablemente, la primera montaña que escalé en la vida, tal vez desde los siete años: quinientos metros de desnivel hasta los 3.152 sobre el nivel del mar, es la iniciación religiosa tradicional de todo capitalino que combina el esfuerzo de las piernas, sudor, cansancio con la satisfacción de la promesa cumplida de la cima y el encuentro literal con : el Altísimo. Nunca imaginé entonces que décadas más tarde, al otro lado del Atlántico, ascendería la montaña que le había dado el nombre.

                                                Santuario de Monserrate, Bogotá, Colombia - Foto: Jorge TORRES

En mi ultimo ascenso a la sagrada montaña religiosa me enteré - sorpresivamente, el pasado diciembre— de uno de los aniversarios que pasó casi inadvertido en Colombia durante 2025 y fue la conmemoración del primer milenio del monasterio de Santa María de Montserrat, en Cataluña, España. Al llegar a la cima en la iglesia del Cerro de Monserrate en Bogotá, leí que la celebración catalana había cruzado el charco para instalarse discretamente en el lugar que lleva su mismo nombre en la capital colombiana.

En 1025, el abad Oliba de Ripoll envió a un grupo de monjes benedictinos a construir un cenobio junto a una pequeña ermita mariana que, según la tradición, existía en aquella montaña desde el año 880. A diez mil kilómetros de distancia, sobre la cordillera Oriental de los Andes colombianos, otro santuario lleva su nombre desde hace casi cuatro siglos: el cerro de Monserrate, guardián de Bogotá y uno de los lugares de peregrinación más visitados de América del Sur.

La conmemoración del milenario catalán es una ocasión inmejorable para repasar la historia compartida de estas dos montañas sagradas. Y también para recordar que, mucho antes de que llegara el nombre catalán, el cerro bogotano ya era un lugar santo para el pueblo muisca.

                              Montañas de Monserrat, Catalunya España - Foto: Jorge TORRES


Mi encuentro con Montserrat

En 2009, durante una visita a Barcelona, un familiar me habló de Montserrat: un monasterio en medio de una cordillera a dos horas de allí. La conexión con la montaña de mi infancia fue inmediata e intuí que me esperaba una sorpresa mayúscula. Al día siguiente, temprano, ya me disponía a visitar la montaña sagrada y su monasterio.

Tomé el tren de cercanías. Mi primera sensación fue de asombro ante la cordillera de roca que se levanta del valle: un macizo de agujas grises entre las cuales, diminutos, se distinguían unos edificios. Allí estaba el monasterio. Incrédulo ante tanta belleza y con poco tiempo, decidí subir en teleférico. Las vistas resultaron tan sobrecogedoras como las de su homónimo colombiano.

Montserrat —literalmente "monte serrado", por sus agujas de roca que parecen cortadas con sierra— se alza a unos cincuenta kilómetros de Barcelona, en las montañas prelitorales catalanas. La tradición sitúa allí una ermita dedicada a la Virgen desde finales del siglo IX, pero el hito fundacional llegó en 1025, cuando Oliba —abad de Ripoll y de Cuixà, obispo de Vic y uno de los grandes promotores de la paz en la Europa medieval— decidió establecer una comunidad benedictina junto a aquel santuario primitivo. Nació así, con los años, un gran monasterio marcado desde el principio por una doble condición: casa monástica benedictina y santuario mariano de peregrinación. Hoy se puede ascender a pie, en el tren cremallera, en teleférico o en automóvil.


                          Monasterio de Monserrat, Catalunya España - Foto: Jorge TORRES

Al ingresar al complejo de edificios encajado entre las montañas, da vértigo la panorámica del valle catalán, con la vista de la ciudad de Manresa al fondo. Me sentía, sin duda, en un lugar místico; recuerdo frívolamente haber pensado como si estuviese en el escenario de una película de Indiana Jones.

El corazón espiritual de Montserrat es la imagen románica de la Virgen, conocida cariñosamente como La Moreneta por el tono oscuro de su rostro y sus manos. Tallada en el siglo XII en madera de álamo, sostiene al Niño Jesús —igualmente moreno— y lleva en la mano derecha una esfera que simboliza el Universo. Encontrarla en su camarín, tras recorrer pasillos laberínticos revestidos de plata y oro, es una experiencia literalmente religiosa.

Patrona de Cataluña, ha sido venerada durante siglos por peregrinos, papas, reyes y emperadores. En torno a ella creció una de las instituciones culturales más influyentes de la península ibérica: la Escolanía de Montserrat, una de las escuelas de música más antiguas de Europa, cuyo fruto más sonoro es el célebre Llibre Vermell o Libro Rojo, manuscrito de finales del siglo XIV que recoge cantos y danzas compuestos para los peregrinos que visitaban la montaña. A ello se suman una biblioteca y una editorial de enorme prestigio, y una comunidad que a lo largo de diez siglos sobrevivió a guerras y a la destrucción casi total del monasterio durante la invasión napoleónica, para renacer una y otra vez.


              "La Moreneta", la Virgen Patrona de Catalunya España - Foto: Jorge TORRES

En estas montañas se tejió además la leyenda del Santo Grial, la copa de la Útima Cena de Cristo y recordada en cada eucaristía católica. Fue Richard Wagner quien, al componer su ópera Parsifal, situó imaginariamente el castillo de Montsalvat inspirándose en el perfil de Montserrat; de aquella asociación literaria derivó una mitología tenaz que llevó incluso a jerarcas nazis —guiados por los delirios esotéricos del régimen— a visitar la montaña en 1940 buscando en alguna cueva o en algun fortín del monasterio la protegida y sagrada copa de la Última Cena de Cristo.

El milenario del monasterio se celebró por todo lo alto en Europa: quince meses de actividades, desde el 7 de septiembre de 2024 hasta el 8 de diciembre de 2025, con más de mil actos religiosos, culturales, sociales y participativos. Hubo una salida extraordinaria de La Moreneta de su camarín el 27 de abril de 2025, festividad de la Virgen; exposiciones itinerantes con escalas en Madrid, Bruselas y Roma; conciertos, videomapping sobre la basílica, la emisión de sellos y monedas conmemorativas, un nuevo sendero de gran recorrido alrededor de la montaña —bautizado PR 1025 en honor al año fundacional— y la visita de los reyes de España en junio de 2025. El Parlament de Catalunya otorgó al monasterio su Medalla de Oro. Como resumió el prior de la abadía, la intención no era solamente cerrar mil años de historia, sino inaugurar el segundo milenio de Montserrat.

Y por supuesto, aquellas celebraciones tuvieron eco al otro lado del charco, en su homónimo bogotano.

Antes del nombre: el cerro sagrado de los muiscas

Cuando los conquistadores españoles llegaron a la sabana de Bogotá en 1538 y fundaron la ciudad, el cerro que hoy llamamos Monserrate ya tenía nombre. La tradición lo recuerda como Tensacá, que suele traducirse como "portal de los dioses" o "cerro del sol", aunque la etimología chibcha exacta permanece discutida. Los muiscas, el pueblo de lengua chibcha que habitaba el altiplano cundiboyacense, lo llamaban también cerro de las Nieves, por la nubosidad blanca que con frecuencia corona su cima, y lo consideraban —junto con su vecino Chiguachía, el actual cerro de Guadalupe— una montaña sagrada dentro de su cosmovisión andina.

Para los muiscas, la geografía era un texto religioso. Las lagunas, los páramos y las cumbres eran lugares de ofrenda y de comunicación con las divinidades: allí se rendía culto a Sué, el sol, y a Chía, la luna, y desde las alturas se observaba el paso de los astros que ordenaba el calendario agrícola de solsticios y equinoccios, así como los rituales asociados a la leyenda de El Dorado. Los cerros orientales que dominan la antigua Bacatá formaban parte de ese paisaje sagrado: eran umbrales entre el mundo humano y el mundo de los dioses, montañas tutelares que protegían el valle y a sus gentes.


             

   Cerro de Monserrate o Tensacá (Derecha) - Cerro de Guadalupe o Chiguachia (Izquierda), Bogotá - Colombia- Foto: Internet

La documentación colonial sobre estos cultos es fragmentaria —los cronistas describieron lo que veían con las categorías de su propio mundo, y la evangelización buscó precisamente borrar aquellas prácticas—, pero la condición sagrada de las cumbres que rodean Bogotá está bien establecida.

Este dato resulta esencial para entender lo que ocurrió después: los españoles no consagraron una montaña cualquiera. Como sucedió en tantos lugares de América, la cristianización se superpuso deliberadamente sobre un espacio que ya era santo. Tensacá no se convirtió en lugar sagrado con la llegada de la ermita; simplemente cambió de advocación. La peregrinación que hoy asciende por el camino empedrado tiene, en ese sentido, raíces mucho más antiguas que el periodo virreinal.

                                                     Cerro de Monserrate o Tensacá, Bogotá desde abajo- Colombia- Foto: Jorge TORRES

El trasplante del nombre: de Cataluña a los Andes

La cristianización del cerro comenzó temprano. Los conquistadores plantaron cruces en las cumbres orientales para, según la mentalidad de la época, proteger a la naciente Santafé de las tormentas eléctricas. Hacia 1620, bajo el gobierno de Juan de Borja, se autorizó levantar en la cima una ermita dedicada a la Santa Cruz. Pero el momento decisivo llegó a mediados del siglo XVII: entre 1640 y 1657, Pedro Solís de Valenzuela y otros devotos construyeron allí una ermita consagrada a la Virgen de Montserrat, la Moreneta catalana, cuya devoción habían traído consigo los peninsulares.


Capilla de la Moreneta, Iglesia de Monserrate, Bogotá- Colombia- Foto: Jorge TORRES

¿Por qué Montserrat? La tradición ofrece dos explicaciones complementarias. La primera es la devoción personal: la Virgen morena de Cataluña era una de las advocaciones marianas más veneradas de España, y sus devotos la llevaron a América, del mismo modo que llevaron a la Virgen de Guadalupe extremeña al cerro vecino. La segunda es el paisaje: se cuenta que los primeros ermitaños encontraron cierta semejanza entre el perfil escarpado del cerro bogotano y la silueta rocosa de la montaña catalana.

Sea por piedad, por nostalgia o por analogía geográfica, el nombre arraigó, se castellanizó en el Virreinato de la Nueva Granada como "Monserrate" y terminó por bautizar no solo al santuario sino a la montaña entera, desplazando —aunque no del todo, porque el barrio de Las Nieves a sus pies lo conserva— la antigua denominación muisca.

La Virgen Moreneta, Iglesia de Monserrate, Bogotá- Colombia- Foto: Jorge TORRES

Hay una ironía histórica hermosa en este trasplante: una virgen de rostro oscuro vino a presidir la montaña sagrada de un pueblo americano. El sincretismo no pudo ser más elocuente.

El Señor Caído y la vida propia del santuario bogotano

Muy pronto, sin embargo, el santuario bogotano tomó un rumbo devocional propio. A mediados del siglo XVII, el sacerdote Bernardino de Rojas encargó al escultor Pedro de Lugo Albarracín la talla de un Cristo caído bajo los azotes: el Señor Caído de Monserrate. La imagen, de un dramatismo conmovedor, desplazó gradualmente a la Virgen catalana como centro del culto. Desde 1650 en adelante, el cerro se consolidó como sitio de peregrinación para españoles, indígenas y mestizos, y la fama milagrosa del Señor Caído creció especialmente cuando la ermita sobrevivió a los terremotos que devastaron Bogotá en los siglos XVIII y XIX.

Páneles de conmemoración de los milenio de Monserrat de España y su historia compartida con Monserrate en Colombia. Foto: Jorge TORRES

El santuario actual, de estilo neogótico, se terminó hacia 1920 para reemplazar la vieja ermita, incapaz ya de albergar a las multitudes. En 1929 se inauguró el funicular, el primero de Suramérica, y décadas después el teleférico. Hoy Monserrate es a la vez santuario, mirador y símbolo: el punto desde el cual Bogotá se mira a sí misma. Cada Semana Santa, miles de peregrinos suben a pie —muchos descalzos, pagando promesas— por el mismo cerro donde los muiscas honraban a sus propias divinidades siendo uno de los lugares más visitados de Suramérica, tal como su homonima montaña catalana.


Páneles de conmemoración de los milenio de Monserrat de España y su historia compartida con Monserrate en Colombia. Foto: Jorge TORRES

Con todo, la Moreneta jamás desapareció del santuario bogotano. Permanece discretamente en una de las capillas principales del templo, y encontrarla allí resultó especialmente entrañable: la gemela americana de aquella imagen catalana que acaba de cumplir mil años y cuyo aniversario se celebró también, sobriamente en la capital colombiana.

Dos cumbres en diálogo

El milenario del Monasterio de Montserrat invita a pensar estas dos montañas como espejos. Ambas son santuarios marianos nacidos junto a una ermita primitiva; ambas custodian la imagen de la Moreneta; ambas sobrevivieron a catástrofes que reforzaron su aura milagrosa; ambas son, más allá de lo religioso, símbolos de identidad colectiva: Montserrat para Cataluña, Monserrate para Bogotá y para Colombia. Ambas montañas son lugares de peregrinaciones de millones de personas en los dos continentes.

Pero el cerro bogotano añade una capa: la memoria indígena, importante de reconocer. Monserrate es un palimpsesto donde se superponen tres escrituras —la muisca, la hispánica y la republicana— y donde el nombre catalán convive con una sacralidad de sincretismo perfecto. Celebrar los mil años del monasterio de Montserrat es también, desde esta orilla del Atlántico, una oportunidad para nombrar completa la genealogía del cerro: antes de ser Monserrate, también fue Tensacá; antes de la Moreneta, fueron Sué y Chía.

Mil años de historia en Cataluña. También muchos siglos, en los Andes.


Monasterio de Monserrat, en su parte más alta - Catalunya España - Foto: Jorge TORRES

Aquella primera montaña arraigada de mi infancia me esperaba, sin que yo lo supiera, en otra montaña a diez mil kilómetros de distancia. Subir Monserrate es un rito iniciatico con la naturaleza y los sagrado en Colombia; subir Montserrat, su complemento espiritual, vital e histórico. Ambas ascensiones son un regalo sorpresivo cosmológico de la vida, y me atrevo a decir que toda persona debería experimentar ese encuentro mistico con las montañas de la Moreneta, la Diosa Luna o la Diosa Chia.

Vista de Bogotá desde Monserrate, en su parte más alta - Colombia - Foto: Jorge TORRES


Nota, un artículo dedicado a la memoria de mis padres, Jorge Hernán TORRES y Blanca Mery BERRÍO BERNAL.











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